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Como influye la sociedad en la vida del niño

LA IMPORTANCIA DEL ENTORNO FAMILIAR

Un tema muy importante a tratar en las diversas actividades que desarrolla un niño a corta edad, es como repercute el ambiente en el cual pasa la mayor parte de sus horas, en sus relaciones con el mundo y actitudes para determinadas cosas. Así mismo, ese espacio físico en el que se desarrolla, es determinante también, para su desarrollo físico.

Estudios de psicólogos experimentados indican que los más pequeños necesitan aprender diferentes patrones de movimiento, los cuales con el tiempo, van afinando sus destrezas y cualidades motoras. Por otro lado, la cantidad de estímulo que recibe, amplía su experiencia motriz. Todo esto, a su vez, desarrolla la seguridad del niño para tomar decisiones, el juicio realista que pueda tener frente a determinadas problemáticas, su adaptación a un rol, entre otros aspectos.

Así mismo, la urbanización actual genera deficiencias en la motricidad y las relaciones con el entorno, ya que a medida que desaparecen los espacios, es vital encontrar y ofertar nuevas formas de movimiento. Es por esto que en las ciudades modernas, la educación motriz sistemática adquiere mayor importancia. Hay pruebas claras de que tener una correcta práctica deportiva fomenta el desarrollo del niño y ayuda a ocupar de forma creativa el tiempo libre.

A través del deporte el chico modera su conducta. Claro que no es de un día para el otro sino poco a poco. El por qué es bien simple: las normas que lo harán tomar decisiones dentro del campo de juego, forman una personalidad estable, solidaria, capaz de aspirar siempre a luchar, a no rendirse, a perseverar.
Este tema es tan real, que allá por inicios de 2007, fue mencionado por Diego Hernández, entrenador de la categoría sub. 13 de Cruz Azul de México, con quien tuve oportunidad de charlar ampliamente en oportunidad de la presencia de ese equipo en Montevideo. Él, contaba como los padres de los chicos mexicanos, ante el acoso constante del play-station y la computadora, y ante la inexistencia de espacios verdes en la capital, trataban de incentivarlos a la práctica del deporte.

Si bien Uruguay tiene como ventaja el hecho de tener naturaleza donde el niño puede correr y desarrollarse, las modas, los horarios restringidos y hasta la propia rigidez escolar y el poco tiempo libre que se le brinda, son agentes sociales que deforman el movimiento evolutivo infantil, como en cualquier ciudad completamente urbanizada. Y hasta más que en ellas, se podría decir.

Ahora bien, la práctica del deporte debe ser enriquecedora y de realización personal, motivo por el cual si el niño manifiesta que le aburre entrenar, es señal de que no lo disfruta. En esos casos, es conveniente averiguar las razones: si es por la personalidad propia o porque el entrenador no utiliza la metodología más correcta para esa edad. En cambio, si hay un goce personal, quiere decir que la actividad está hecha para él.
Cuando un niño corre, salta, se cae, se levanta, nada o trepa, está manifestando la originalidad de un ser que siente la necesidad de moverse instintivamente, un ser que quiere satisfacer los designios de su especie. Si estas actividades son reprimidas o presentadas como indeseables o peligrosas, el niño interioriza estas órdenes como preceptos inviolables y como coste para ser aceptado al grupo social al que pertenece.

Cuando un joven es capaz de someterse a un entrenamiento intensivo, es generalmente para ganar reconocimiento y prestigio frente a los demás. Basándose en sus capacidades motoras y de acuerdo con la evolución de su entrenamiento, el joven vive una revaloración de sí mismo. Cuanto mayor es el deseo individual para realizar estos esfuerzos, más fácil será una identificación con el deporte y mayor su adherencia al mismo.

La imposición, la presión y la obligación solas, por parte de los padres y los entrenadores, no consiguen a medio o largo plazo ningún resultado. Si no existen argumentos convincentes, el entrenamiento genera pérdida de motivación y sólo se mantiene gracias a la voluntad de los mayores.

Las razones infantiles para hacer deporte son: la búsqueda de la excelencia, la motivación de lograr un objetivo, la necesidad de hacer amigos y la diversión. Así mismo, los motivos que llevan al abandono son las malas relaciones afectivas o conflictivas con el entrenador, la inestabilidad de su carácter, la inconstancia (propia de la curiosidad y no del convencimiento), el conflicto de intereses, la presión del grupo, los entrenamientos demasiado serios y exigentes (no propios de su edad), el lugar preponderante de la competición, el exceso de responsabilidad, y también las actitudes de los padres, ya que en varios casos es quien se aburre de llevar al chico al campo de juego y luego de un tiempo el pequeño desiste.

El ambiente familiar

Actualmente, y en gran parte por los motivos antes mencionados, la educación del infante no puede ser igual que hasta hace unos años, de parte de un entrenador pero también de los padres. Por eso, quienes involucran a sus hijos en actividades deportivas deben cultivar la afición al deporte como medio para fomentar sus relaciones sociales, como instrumento que permita afrontar situaciones tan comunes en la vida diaria como ganar y perder. Y posibilitar las bases para neutralizar los potenciales peligros con los que se enfrenta el niño durante la competición.

Hay diferencia los que practican deporte como un elemento más de la formación y los que lo hacen como finalidad prioritaria, aunque la mayoría nunca llegue a ser profesional en sentido estricto. En este último caso, si la labor del entrenador potencia la de la familia, la formación del joven mejorará no sólo como deportista, sino también como persona.

La predisposición de un niño por el deporte surge a edades muy tempranas, pero su interés a los cinco o seis años se centra más en el juego que en el deporte. Esto cambia a la edad de ocho o nueve. Cuando un niño se enfunda la camiseta de su equipo por primera vez y salta al terreno de juego, ese recuerdo perdurará en su memoria el resto de su vida.

Quienes destacan de manera prematura, muy pronto se ven sometidos a una presión que les viene impuesta, en primer lugar, por sus padres que ven en ellos su propio éxito. En segundo lugar, los entrenadores con el beneplácito de los padres, plantean el éxito casi siempre en términos de resultado, planteando la disyuntiva éxito o fracaso en función del resultado. A esto se le suma que el disminuido grupo que llega a alto nivel, también se ve presionado por la prensa y el público, que rápidamente lo idolatra y por eso, debe hacerlo todo bien, o tan rápido como llegó, debe ser enterrado y dejar de jugar, en un juicio erróneo propio de la mentalidad pequeña d varias sociedades.

Pedirle al niño que siempre sea el mejor atenta contra su personalidad, dando lugar a un sentimiento de miedo al fracaso y a un complejo de inferioridad. Es fundamental que los padres adopten una actitud positiva, esencial para el equilibrio el niño. Cuando son muy jóvenes, el deporte no de ser planteado como una coacción, debe conservar el aspecto placentero y lúdico que aporte divertimiento, que forme su conducta y afiance una personalidad más activa. Deben manifestar un alto grado de complicidad por el deporte de sus hijos, demostrarles que ellos son parte de su proyecto deportivo. Deben mantener una postura equilibrada ante el rigor extremo y la disciplina excesiva que a veces apremia al joven deportista y su ambiente.

Los padres tienen una influencia muy grande en la personalidad de un niño y en sus reacciones en el mundo del deporte. Un joven demasiado mimado será incapaz de esforzarse al máximo, de realizar un último esfuerzo. No podrá superarse a sí mismo ni a ningún adversario, tenderá a rendirse ante la primera dificultad sin hacer nada por remediarlo.

Gabriela Alonso

 

La Importancia del Entorno Familiar
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