Los libros de Daniel Baldi

Daniel Baldi, nacido en Colonia del Sacramento el 23 de noviembre de 1981, es el menor de tres hermanos. Jugó al fútbol infantil en el club Otto Wulff de dicha ciudad. En 1999 pasó a integrar la cuarta de Peñarol, donde estuvo hasta 2001, retornando a sus lares para desempeñarse en Plaza Colonia a nivel profesional. En el año 2003 logró su primer pase internacional al Cruz Azul de México, donde se mantuvo un año, regresando a Uruguay para jugar en la primera de Peñarol. Ese mismo año pasó al club Nueva Chicago de Buenos Aires y posteriormente al Treviso de Italia, donde se encontraba al momento de la publicación de "La Botella". También jugó en Danubio y Cerro, y actualmente se encuentra en Bella Vista.

Utiliza el tiempo libre de las concentraciones para leer, escribir y rescatar la alegría de jugar al fútbol.

 

La Botella F.C. ¡La 10 a la cancha!

Un nuevo desafío para la Botella F.C. El grupo de amigos que protagonizó la peripecia del año anterior pasa a la categoría de 10 años.

El equipo se amplía y ha madurado. Se verán enfrentados a descubrir el significado del fútbol:
¿Una lucha de estrategias planificadas de juego, o diversión e inventiva? Más allá de la visión deportiva, Baldi –jugador internacional, conocedor de la naturaleza humana y gran persona– aborda las relaciones humanas y la solidaridad, tanto en el juego como en la vida.

Por supuesto no faltan las vívidas jugadas y los partidos ganados o perdidos en la hora.
 

 

Cuento del mes......

Picto
o la historia de cómo los cuadros dejaron de tener vida propia.

Hace mucho, mucho tiempo, existía un mundo paralelo al nuestro al que iban a parar todos los cuadros con sus personajes: los que tiraban a la basura y los más cotizados del planeta; las primeras pinturas rupestres y las obras de Velázquez; aquellos que fueron colgados en palacios de reyes y aquel que pintaba cualquier vecino en sus ratos libres.

Era el mundo paralelo de PICTO.

Al principio, los primeros habitantes fueron rígidos e imprecisos, figuras que se adivinaban pero que no estaban totalmente definidas. Figuras egipcias de perfil, otras tiesas y serias, delimitadas con gruesas líneas, con colores alegres y festivos… pero a medida que pasaban los años, los habitantes de Picto fueron pareciéndose mucho a las personas reales, algunos difuminados, otros de colores reales, auténticos dobles de reyes y nobles, y después, también dobles de campesinos.

Y por supuesto los animales. El perro que aparece en el cuadro de las Meninas de Velázquez también era parte de ese mundo. Picto era, también, su casa. Así, cuando no estaba trabajando dentro del marco, es decir, posando inmóvil ante la mirada de los humanos; el perrito tenía su sitio propio para descansar y jugar moviendo sus entumecidos músculos con los demás personajes.

Allí en Picto podían hacer cualquier cosa que quisieran: visitar otros cuadros, saltar sin parar o dormir muchas horas seguidas. Lo importante era estar listo para trabajar y posar; lo importante era que los humanos no se dieran cuenta de que no estaban en su sitio. Ellos existían porque el hombre los había pintado y, por tanto, estaban en el mundo para satisfacerles.

Por eso, había una ley escrita en la sala central de Picto. Una placa de oro que decía:

Y para cumplir su labor lo mejor posible, colocaron alarmas a la entrada de cada habitación humana. Pequeños circulitos transparentes no más grande que la parte blanca de las uñas. Dichas alarmas sonaban dentro de Picto. Así, cuando se acercara una persona, ellos escuchaban la señal y se colocaban rápidamente. Cada uno era responsable de su cuadro y mientras todo eso funcionara, podrían disfrutar de su vida propia y ser felices.

Por supuesto, alguna vez determinados personajes llegaban unos segundos tarde. Cosas que pasan. Pero no era especialmente grave si sólo era un momento. Los humanos siempre han sido un poco torpes, y acababan creyendo que no habían enfocado bien o estaban muy cansados… nadie le daban más importancia.

Pero un buen día, empezaron a llegar a Picto habitantes muy extraños. Eran deformes, formados por cubos… personajes que de frente les podías ver la espalda, y el cogote, y el culete… era divertido mirarlos. El problema era que no sólo rompían las normas físicamente, si no en su manera de comportarse también.

Como no se veían bien las formas, es decir, no eran personajes reconocibles como el perro de las Meninas, un hombre o una niña, algunos de esos nuevos personajes pensaron que podían ausentarse del trabajo sin que nadie lo notara. Y llegó un día en que lo pusieron en práctica. Las alarmas sonaron y sonaron, y los demás habitantes no podían disfrutar de su vida privada. Otros sí aparecieron pero cambiaron sus poses dentro del cuadro. Esto creó un gran revuelo entre los humanos que poseían cuadros más modernos; muchos creían que estaban locos, otros que tenían alucinaciones, algunos pensaban que seres del más allá venían a visitarles…

Los demás habitantes de Picto, al no poder controlar las alarmas, enloquecieron en pocas horas, y comenzaron a romper las normas también. El único que se mantenía fiel a su trabajo era el perro de las Meninas, que se plantó entre el revuelo y la locura en su sitio y no se movió de allí.

El mundo de los humanos se sumió en pocas horas en un profundo caos. Los personajes saltaban sin sentido de un lado para otro. Y, de repente, algo muy extraño sucedió en Picto. Un estruendo acalló las alarmas, el suelo tembló, y poco a poco, todos sus personajes fueron desvaneciéndose entre risas de locura. Menos el perro.

En ese momento, las alarmas desaparecieron del mundo humano, los personajes aparecieron p et rificados dentro de los marcos y el perro de las Meninas se colocó en su sitio, derrotado y triste, a los pies de sus compañeros… Desde entonces, muchos dicen que de vez en cuando, el perro de las Meninas tarda a veces unos segundos en aparecer… El caso es que, seguramente, él sea el único personaje que hoy día, sobrevive
aún dentro de Picto.


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